¿Qué por qué Millos?*

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Y después le preguntan a uno que por qué es un enfermo obsesivo e incontrolable de Millonarios. Que por qué se tira los paseos dominicales de la familia cuando a las 3:30 p.m -muy en punto-, prende la radio y se conecta a una espantosa transmisión perdida en el A.M., que siempre comienza con un tortuosos pero manipulador: Hoy Millos es visitante. Fuerza, hinchada azul.

Que por qué hasta en las peores épocas, como ésta (porque esta es la peor... claro que el Milán y el Barcelona también pierden de locales), infla el pecho y con un airecito de suficiencia y deliciosa socarronería, todavía dice: somos los primeros, tenemos las trece.

Que por qué va al Campín a ver jugar al equipo contra la cuarta división de las Chivas Rayadas de Guadalajara, o contra el Deportivo La Tapita, o contra el que sea, y, lo que es más teso, en las condiciones que sea. Mejor dicho, que por qué va a ver a ese equipo tan odioso, detestable y jarto que todo el país abomina.

Pues bien, en mi caso existe una razón de altura que se suma a las trece estrellas de la historia gloriosa, de los nombres tipo: Pedernera, Di Stéfano, Báez, Pini, Rossi, Cozzi, Soria, Romeiro, Maravilla Gamboa, Klinger, Brand, Willington Ortiz, Morón, López, Converti, Vivalda, Barberón, El Pibe (porque también fue azul), Funes, Iguarán, Ramírez, Lunari, Búrguez, en fin, tantos.

Es una inolvidable razón que tiene como fecha 1975 y, como lugar, la parte baja de la tribuna Occidental del Campín, a donde mi papá, luego de una cantaleta inmarcesible a mis 7 añitos, me llevó a ver, con las cejas pegadas a la malla, la salida de nuestro equipo.

Ese día la boca negra del camerino vomitó un conjunto divino que nunca olvidaré (hay que ver como salían antes; ahora no, salen con las manos en los bolsillos). Salieron, entre otros, El Viejo Willy, su majestad don Alejandro Brand y, de ultimo, Jaimito Morón (el hombre más grande que hasta ese momento vi en mi vida).

“Morón, Morón”, le grité. El negro bacán se volteó y me picó el ojo. Eso ya era demasiado, pero hubo más. Cuando se acabó el primer tiempo (luego de un baile magistral que yo todavía no dimensionaba pero ya vivía), en el retorno del equipo al mágico hueco de las ilusiones, volví a gritar: “Morón, Morón”, y esta vez ese gigante de sonrisa preciosa se me vino de frente, le dijo al policía que abriera la puerta y con toda su inmensidad me alzó en sus brazos, me preguntó si me gustaba Millonarios –yo le dije que claro- y me dijo, con una amplia sonrisa: “pues bien, desde hoy vas a ser un hincha total del equipo más bello, el equipo azul”.

Y después le preguntan a uno por qué es un enfermo obsesivo e incontrolable de Millonarios. No jodás.

* Esta columna fue publicada el día 13 de Abril de 1997 en el periódico El Tiempo



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