Esta camiseta tiene historia, pero ya no se respeta

Esta camiseta tiene historia, pero ya no se respeta

    Don Alfonso Senior debe estar revolcándose de la ira en su tumba en este momento. Él, que fue el fundador de un símbolo nacional que semana a semana mueve a millones de corazones en todos los rincones del planeta, que hizo que Millonarios fuera considerado alguna vez como el mejor equipo del mundo, debe estar sufriendo en el cielo al ver este circo en el que Millonarios se ha convertido. El que fue el mejor equipo del orbe ahora es un remedo, administrado por incompetentes, dirigido por gente confundida y aquellos que visten esta camiseta son una mezcla perfecta de desidia, desgano, irrespeto e irresponsabilidad.

Hay que admitirlo, a Millonarios hace mucho rato le perdieron el respeto. Es una lástima que de aquel equipo grande que fundó Don Alfonso solamente queda la hinchada, que hoy explotó y con toda la razón al ver una vez más una edición del circo azul en El Campín. Se gana, se empata y se pierde, pero por encima de eso se juega, y si no quieren jugar y por el contrario irrespetan el corazón y el bolsillo de toda esa gente que se rompe el alma en la semana para pagar una boleta, entonces apague y vámonos.

Boyacá Chicó venció a Millonarios por cuarta vez consecutiva, segunda en El Campín. El equipo boyacense no necesitó mucho para vencer a Millos, anotó un golazo finalizando la primera parte y dejó que el equipo azul se terminara de enterrar solito, porque no jugó a nada, o mejor, no jugó. Cuando Mauricio Casierra termina siendo el cobrador de los tiros libres, cuando aquel que tenemos como "volante de enganche" se hace expulsar de la forma más infantil (y por tercera vez en el año), cuando en noventa y tantos minutos no hubo ni una sóla llegada clara de gol, cuando el rival parecía entrenando en El Campín y los jugadores del equipo local se quedan mirando como la pelota va de un lado a otro sin siquiera intentar hacer algo, es porque la derrota es justa, amarga y ofensiva.

Hay que pensar en todos: en el jóven de colegio y/o universidad que durante la semana ahorra hasta el último centavo que puede para ir a pagar una boleta y ver al equipo que envuelve su pasión; en el adulto que durante la semana trabaja hasta horas extra para tener el fin de semana libre y poder ir al estadio; en los viejos que durante muchos años han asistido al estadio, que hablan con uno y sacan toda esa cantidad de recuerdos ("yo vi jugar a Brand, a Funes, etc.") y que ahora ven más que cualquiera como han cambiado las cosas; pero sobre todo en los niños, los "pelados" de siete a diez años que pasan su infancia añorando ese día en el que el papá o cualquier familiar llega a la casa para invitarlo al estadio, aquellos inocentes que llegan ilusionados con la carita pintada, con esa esperanza de llegar al otro día felices al colegio a contar su alegre experiencia, que se enamoran del equipo a ciegas porque no saben lo contaminado que está ni que hace veinte años no gana nada pero no les importa, su corazón es azul desde la cuna. Aquellos que en otras regiones y en otros paises están pegados de un radio o de una señal de Internet para seguir a su amor a la distancia, o aquellos que cada quince días vienen hasta Bogotá a ver al equipo y emprenden travesías de muchas horas de viaje. Todo aquel que paga una boleta tiene hoy todo el derecho a reclamar, a estar lleno de calentura y lanzar improperios contra todos y cada uno de los miembros que hoy conforman Millonarios:

Al que figura como presidente, que ahora sólo sabe decir que "Millonarios es una empresa viable", que bajo su mandato han predominado los fracasos deportivos -que es lo que cuenta- pero siempre se escuda diciendo que todo está muy bien en lo administrativo y evade el tema deportivo. A los que hoy son los dueños y/o sus representantes, esos que dicen que la responsabilidad no es de ellos porque no juegan, no saben gobernar y nos tienen al borde del abismo. Pero claro, no sólo nos gobiernan, sino que también son los dueños, por eso es tan desalentador el panorama. Y, claro, al gerente deportivo, cuya labor ni siquiera se sabe porque es nula, pero sigue ahí con ese espíritu "nomeimportista".

Al técnico, que llegó con una hoja de vida muy buena pero que cada partido demuestra nulos conocimientos tácticos, ese que pareciera que no entrenara nada nuevo en la semana, que apuesta a jugar siempre a lo mismo: un pelotazo desesperado desde la zaga que siempre termina en los pies o la cabeza de un rival, el centro al área desde cualquier parte para que las defensas contrarias lo hagan todo más fácil, que apuesta todo su juego por una sóla banda y nunca se ve un cambio de frente, no hay sorpresa ni se sabe hacer un contragolpe, y la única jugada preparada repetitiva y sosa es el saque de banda largo al área que siempre termina en nada. El mismo que vive equivocándose en los cambios partido tras partido, que no quiere renunciar a pesar de su tremendo fracaso y que quiere quedarse, dejando a un lado la dignidad y sacando a flote su interés económico.

Y a los jugadores, los que ya no corren, los que no luchan, los que se quedan caminando la cancha viendo como les pasean la pelota en frente y ni ganas tienen de meter la pierna. Los que viven hablando y hablando de más, con esa frase de cajón de "Millonarios es un grande" pero que no lo demuestran ni poquito en el terreno de juego. Los que salen a la cancha en cuerpo, pero dejan el alma en cualquier otra parte distinta del estadio. Los que les importa cinco jugar, muestran una desidia impresionante y sólo esperan que pasen rápido esos noventa minutos para salir del paso. Los que salen al campo a ver como las tribunas tienen a 10 mil, 15 mil o 40 mil personas alentándolos a pesar de que la campaña es un desastre, pero no les importa y hacen cualquier cosa. Aquel que se necesita para crear jugadas de gol, se queda haciendo taquitos que no van a ninguna parte, juega pésimo y se hace expulsar justo cuando más se le necesita porque se le calienta la cabecita... claro, no importa nada. Ellos, los que ganan plata por montones por salir a pararse a una cancha de fútbol y hacer quedar en ridículo a la hinchada, la misma que va domingo a domingo a pagar sus sueldos. Por eso el irrespeto se sale de los límites.

Hoy, tal como pasó el año anterior, Boyacá Chicó ganó en El Campín con una facilidad absoluta a un grupo de personas que vestían una camiseta que tiene historia pero que no se respeta. Hoy otra vez fue el equipo boyacense el que tuvo que servir de verdugo para que la hinchada volviera a salir con caras largas, decepcionada, rabiosa, aburrida y desconsolada. Aquella vez fue 4-0, hoy sólo bastó un gol para dejar en ridículo a Millonarios. Y menos mal Chicó no aceleró, porque seguro la cuenta se hubiera ido larga otra vez. Millonarios no salió a jugar, Millonarios sólo hizo acto de presencia.

Quedan 18 puntos restantes y para clasificar hay que ganar mínimo 16, es decir, hay que ganar los seis partidos que quedan. Numéricamente es posible, pero con el nivel de hoy es prácticamente utópico. Claro, esta noche se anunciaron medidas sobre el medio día del lunes, que se van a reunir y van a "tomar determinaciones". Si el viernes "preavisaron" a la plantilla y el resultado fue este fiasco, no quedan muchas esperanzas. A esto hemos llegado señores, a la contaminación total, a la pérdida del respeto y a la desidia. Hace veinte años si un equipo sacaba un punto de El Campín lo celebraban como si hubiese sido un título, ahora cualquiera viene y no solo gana, sino que también nos pasea, lamentable.
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