Dios nos salvó de la derrota

Dios nos salvó de la derrota

Jugando muy mal, Millonarios empató con el Deportivo Cali este miércoles en El Campín, en un partido que mereció ganar la visita.

Ni llegando a la casa a ver la repetición del partido puede uno entender cómo fue que el Cali no se llevó los tres puntos de El Campín. Si somos francos, los azucareros lo tuvieron todo para repetir el 1-5 del año pasado, pero ahora en nuestra casa. Millonarios, que arrancó muy bien y se fue adelante en el marcador muy temprano, pareció asustarse con la ventaja y terminó pasivo, desconectado, desconcentrado, desesperado, jugando a tirar centros porque la estrategia no daba para más. Y el Cali, que comenzó frío como la noche bogotana, terminó jugando como si fuera el local. Fue empate, todo gracias a las atajadas de Vikonis, y a una obra santa del Espíritu Santo, porque cuando el uruguayo no alcanzaba a llegar algo del cielo no dejó que todas esas múltiples ocasiones de gol del Cali terminaran adentro de la red.

El comienzo azul fue prometedor, pisando el área rival, jugando con presión alta. Había sed de triunfo. El gol llegó temprano, una muy buena acción individual de Robayo para servirle el pase de la muerte a Rangel y poner así el 1-0. Ese era el arranque, que de paso también motivaba a los más de 12 mil asistentes en las tribunas. "Si el primero llegó antes de los diez minutos nos los podemos comer vivos" era lo que se escuchaba en Occidental.

Pero de repente, Millonarios se desdibujó. El Cali empezó a asumir todo el protagonismo del juego y poco a poco empezó a atacar constantemente a la defensa azul, que jugaba al límite. Solo había tres opciones: era offside, era un cierre o era gol. De repente a Rangel la pelota le dejó de llegar, de repente el equipo no hacía tres pases seguidos, de repente la única opción era tirar pelotazos para alejar al rival, de repente empezaron a aparecer los errores en salida... De repente llegó así el empate del Cali, justo, por una falla saliendo que dejó a toda la defensa mal parada.

El segundo tiempo, como casi siempre, es el que hace que renazca la motivación del hincha. "Ya está, hay una reflexión en el entretiempo y todo vuelve a empezar". No pasó. El segundo tiempo fue un monólogo ofensivo del Cali ante un equipo azul desconocido, por lo menos en lo que va de este año. La defensa hacía lo que podía, el medio campo no existía y por eso Andrés Pérez ganó todos y cada uno de los rebotes. La creación era ver a los volantes tapados y sin ánimos de desmarcarse, y el ataque era ver a Maxi desesperado tratando de ganar el partido solo y a Rangel observando el trámite como el más VIP de todos porque la pelota ni le llegaba.

Había que jugar a lo de siempre, toque, dominio, tenencia. Pero Millos, cuando quiso dominar, fue excesivo y todos los jugadores tenián tanta sobredosis de dominio que, en lugar de dar el siguiente pase -porque la querían hacer individual o porque no había espacios- terminaban perdiendo el balón. Si no era eso, era el centro desesperado buscando la cabeza de Rangel, controlado tranquilamente por los dos centrales del Cali ante la falta de acompañamiento.

Adicional a eso, vino también el repaso táctico. Con poco, "Pecoso" Castro hizo que sus dirigidos se sintieran cómodos siendo visitantes. Lunari, en cambio, movió el banco para un esquema táctico kamikaze: sacó a Lewis por Agudelo para jugar una especie de 3-3-1-3 que dejó un montón de espacios (más de los que ya había) y le permitió al Cali llegar, por lo menos, unas cinco veces con opción clara de gol que no entraron porque, como decía aquella bandera de antaño, "Dios es de Millos" (no hay otra explicación). Luego, al ver como el rival se daba un banquete, metió a Kevin Rendón por Silva para tratar de nivelar.

Millos, el local, terminó pidiendo tiempo. Cali, el visitante, pudo haberse ido dolido por no llevarse el triunfo. El Embajador, increible, se asustó con un gol a favor y terminó jugando muy mal ante un rival que, literalmente, le perdonó la vida. Hoy no estamos escribiendo sobre una catástrofe solo porque Dios nos salvó de una derrota (tal vez una goleada) que, siendo sinceros, hubiera sido justa.

Twitter. @elmechu

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