Willington Ortiz Palacio

Willington Ortiz Palacio

Willington Ortiz Palacio

Apodo: El Viejo Willy
Fecha de nacimiento: Marzo 26 de 1952
Lugar de origen:  Tumaco, Nariño
En Millonarios: 1971 (Divisiones Inferiores),  1972-1979
Campeón: 1972,  1978
Posición: Delantero (especialmente puntero derecho)

¿Por qué es una leyenda?  Es uno de los dos mayores símbolos del fútbol colombiano, y fue considerado como el mejor jugador en la historia del país sin haber jugado ningún mundial ni haber llegado al fútbol del exterior. Realizó grandes hazañas con la selección nacional y con Millonarios –entre ellas, ser el bastión de las estrellas 10 y 11–, y aún hoy en día se mantiene firme en su posición de hincha embajador. Pero nada de esto puede emocionar tanto como ver alguna de sus mágicas y desconcertantes gambetas vestido de azul y blanco.

El 22 de enero de 1972 es una fecha grata para Millonarios. Ese día, un muchacho tumaqueño descubierto por Jaime Arroyave –el gran descubridor de talentos del fútbol colombiano–, que había sido desechado por otro equipo profesional y que El Loco se trajo para Bogotá paraa formarse en las inferiores del Club, se enfundó por primera vez el uniforme albiazul en un partido profesional.

Willington Ortiz debutó en un partido amistoso contra el Internacional de Portoalegre, cuando ingresó en el segundo tiempo y anotó el único gol del encuentro. Desde entonces no soltó la titular, se convirtió en pieza clave del equipo que dirigía Gabriel Ochoa Uribe, llegó a la Selección Colombia que participó en los Juegos Olímpicos de Munich, y, a finales de ese año, celebró con sus compañeros y con la hinchada el título del torneo profesional colombiano.

Las gambetas de Willington son legendarias: profundas,  mágicas, inesperadas. Pero él no era sólo gambetas y habilidad; pese a su corta estatura, tenía un pique demoledor que mezclaba de manera perfecta con un freno inesperado y preciso, por lo que era una permanente tortura para los encargados de controlarlo. Y hay más: era inteligente, tenía una certera visión del campo y conducía la pelota de manera sobresaliente. Creaba jugadas imposibles de la nada, resolvía él solo partidos difíciles. Su valentía le ayudaba a enfrentar a defensas impacientes que sólo podían neutralizarlo con la fuerza bruta. Era un goleador, pero no un pescador o uno de ésos egoístas: a su lado, muchos delanteros fueron goleadores gracias a sus pases precisos. Y esta descripción,  cargada de epítetos, se queda corta.

Pero su grandeza no le hizo perder la humildad ni la caballerosidad. Fue un emblema de pulcritud en el fútbol: en Millonarios jugó 332 partidos y fue expulsado tres veces. En sus 16 años de fútbol profesional, sólo ocho veces vio la tarjeta roja.

Ganó dos títulos con El Ballet Azul, y con sus 90 goles es uno de los grandes goleadores del club en su historia. Fue titular indiscutido en la selección nacional durante muchos años, lideró al equipo patrio en tres Copas América, y fue quien encabezó la ilusión de volver a un mundial de fútbol. Se codeó con la élite mundial jugando para el equipo Resto del Mundo en dos ocasiones.

Pero detrás de este brillante palmarés y del grandioso fútbol que generó se esconde una de las grandes injusticias del fútbol suramericano y, por qué no, mundial: el Viejo Willy nunca representó al país en una Copa del Mundo, nunca pudo vestir los colores de un equipo grande en Argentina o Europa, y no gozó de los millones y la fama que hoy se mueven en el mundo del fútbol.

Injusticia para él, pero más para el público del exterior, que no pudo disfrutar de su fútbol. También, para los equipos que lo llegaron a pretender, como Barcelona y Valencia, de España,  clubes que estuvieron cerca de llevarse al crack, pero que en su momento no ofrecieron lo suficiente como para que Millonarios lo cediera. Hoy, pagarían varios millones de dólares y se frotarían las manos.

Pero lo que no lograron los equipos españoles lo consiguió el Deportivo Cali en 1979. El 28 de octubre de 1.979 es una fecha triste: aún con mucho para dar en el fútbol, Willington fue el protagonista de una de las transacciones más costosas de la época (13 millones de pesos). No dejó de triunfar en otros equipos en los que actuó, pero para los fanáticos del mejor equipo en la historia del fútbol colombiano queda la satisfacción de que sus primeros años, su mejor fútbol, sus goles más espectaculares, las dos vueltas olímpicas más emotivas y el verdadero amor de una hinchada los vivió vestido con una camisa azul y una pantaloneta blanca, la cual, él mismo,  se ha encargado de legitimizar como aquella que, una vez terminada su carrera profesional, sigue llevando puesta.

Unas breves palabras del periodista argentino Jorge Barraza resumen el porqué de la grandeza del Viejo Willy:  Llegó alto Willington Ortiz con su metro sesenta y nueve. Tanto que en el podio del fútbol colombiano está en el escalón de arriba.  Ni la evolución del balompié cafetero, ni la aparición de varios talentos de renombre, ni siquiera la gigantesca silueta de Carlos Valderrama han logrado destronarlo. El recuerdo de las gambetas profundas, la velocidad, la potencia y los goles del Viejo Willy resiste al paso del tiempo, a las desventajas (para él) de la televisión y a todas las tempestades”.

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