Lei esto y me senti identificado, y de una pense en compartilo con Uds, que son mis amigos ...
El adiós de Óscar Córdoba
Por Carlos Cortés Castilloel 2 de Septiembre 2009 9:07 PM
Millonarios perdía 1-0. Óscar Córdoba se había enredado con su defensa central y le había dejado el balón a Hidalgo. Millonarios perdía y jugaba con la angustia de un condenado; con una ansiedad tan frenética como mediocre. Y entonces sucedió algo similar a una pesadilla, una colectiva que vivió Córdoba y vivimos los hinchas y que sólo podemos explicarnos si, después del pitazo final, nos miramos a los ojos en silencio. Si lo llegamos a poner en palabras - como vagamente trato de hacerlo ahora - podríamos confundirnos y pensar que se trató de un delirio.
De la tribuna bajaba un caudal de insultos contra el arquero de Millonarios; en la cancha el balón rebotaba de un lado para otro, del cielo caía una llovizna con sabor a humo; en la lateral calentaba la carta salvadora azul, un futbolista de 36 años desahuciado de otros equipos; las órdenes desde el banco se oían como lamentos. Y entonces Óscar Córdoba se toma la espalda o la pierna o un brazo, qué más da, y sale corriendo a los camerinos. Se va como si fuera a orinar, como si timbrara el teléfono en el fondo de su maletín, como si hubiera dejado un fogón prendido en su casa. Se va y parece un fantasma y corre sin mirar hacia atrás porque sabe que en la cancha dejó algo y no sabe qué es y ya no quiere regresar a recogerlo. Se va mientras los demás jugadores lo observan como si estuvieran esperando esa señal hacía mucho tiempo, se va con ganas de vomitar esos insultos en la ducha, de echarse agua fría con los ojos bien abiertos y repetirse por qué carajos está ahí, en ese vestier, en ese equipo. Por qué carajos me llegó la hora del retiro de esta forma, maldita sea esta hinchada y maldita sea el balón jabonoso, y maldita sea esta espalda que me mata. Por qué carajos sabe tan amargo el fútbol a veces, por qué carajos no puedo gritar más duro que todos, por qué uno se hunde despacio y nadie hace nada.
En la canchas nos quedamos solos, querido Óscar. Nos quedamos solos todos, los que te insultaban sin parar y los que añorábamos una noche buena tuya más que una de Millonarios. En la cancha se te quedó un pedazo del alma, la dejaste ahí tirada, al lado de los pies que arrastraban todos los jugadores de Millonarios. No fue necesario leer en los diarios que tu retiro está cerca porque esa noche te retiraste y nos dejaste sumidos en la desesperanza. Nosotros también nos fuimos después, llegamos a nuestras casas a escupir la derrota en forma de anécdota y dejamos en las tribunas un suspiro ahogado que después barrieron con una escoba.
No te culpo, Óscar, porque no eres el primero que pasa por acá y siente que esta Bogotá está fría como un infierno; no te culpo porque por más que pasan los campeonatos y corren los minutos la bola se mueve y no pasa nada. La revolución no la ibas a hacer tú como no la hizo nadie que vino y se fue. No te culpo además porque para mí nunca fue tan claro todo como el sábado pasado. Sólo ahí me di cuenta de lo jodido que está esto, de lo lejos que estamos de la cancha, de la fuerza inútil que hacemos cuando apretamos los dientes los fines de semana. Sólo el sábado me di cuenta ahí en el estadio, viéndonos las caras de asombro cuando saliste, de lo solos que estamos los hinchas de Millonarios.

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