Artículo sobre el GUAJIRO
Está publicado en Futbolred pero es bueno. Yo creo que el Guájaro merece un agradecimiento como uno de los más grandes ídolos de la historia reciente del equipo. GRANDE GUAJARO
Saludo Millonario
Sollim
El fútbol no muere, señores. Perfil con Arnoldo Iguarán
Jaime De La Hoz Simanca*
5/10/2007
El guajiro sigue ahí. No como antes, cuando su velocidad era su firma en la cancha. Son los recuerdos. Su paso por la Selección Colombia , las memorables gestas que lo hicieron famoso en el torneo colombiano. Aquella carrera frenética y a la vez talentosa rumbo al gol. Futbolred.com presenta el perfil de uno de los mejores atacantes en la historia del fútbol colombiano.
I
Aún hoy, diez años después de su retiro definitivo del fútbol, Arnoldo Iguarán prefiere recordar el primero de los tres goles que le anotó al famoso Gato Fernández, arquero de la selección paraguaya, en el marco de la Copa América que se escenificó en Argentina. Fue en Rosario, el 5 de julio de 1987: El Pibe Valderrama recibió el esférico, avanzó un breve espacio, levantó su mirada y vio a Iguarán en medio de su trote rápido, ansioso, pidiendo el esférico con su pique y su vistazo panorámico. El Pibe alargó el pase –precioso, una tiralínea perfecta, sin compás– y Arnoldo sólo tuvo que golpear el esférico para convertir, a los ocho minutos de juego, el primero de los tres goles con los que culminaría aquella tarde de fábula. Fue el máximo goleador de esa Copa, con cuatro goles, uno más de los que anotó Maradona, genio y figura del balompié mundial.
“Fue un pase magistral del Pibe, como todos los suyos. Al momento de recordar mis goles, ese frente a Paraguay es el que mayor alegría me ha dado. Aunque los tres fueron goles de antología. Sé que hay otros hermosos, pero me quedo con ese, definitivamente”, dice Iguarán minutos después de cumplir con su cita médica en una clínica de Barranquilla, acompañado de su esposa y uno de sus hijos.
Y claro: aquél gol en Rosario, con razón, se clavó en su recuerdo. Pero hay goles que no fueron y, por supuesto, las evocaciones no alcanzan para la puesta en escena. Yo lo vi, el domingo 15 de marzo de 1992, en el estadio Metropolitano, realizar una jugada de sueños vistiendo la camiseta rojiblanca del Junior y acompañado en el ataque por Iván René Valenciano. Fue una acción de fantasía que estremeció las tribunas: Valenciano paró el esférico, gambeteó a uno, movió su cintura hacia la derecha y ofreció, en bandeja de oro, un pase mágico a Iguarán. El Guajiro lo recogió en su recorrido, vio venir a Higuita y dribló por derecha, también. El arco quedó solo, sin guardia. Iguarán miró en diagonal y envió el zapatazo que se estrelló con rebeldía en el horizontal. El grito de gol quedó reprimido en la garganta, aunque todos ovacionaron la fabricación instantánea y fugaz de aquella jugada. Contaba en esa época treinta y cinco años; pero su velocidad mantenía aún el ímpetu de sus años mozos.
II
Está tranquilo, viviendo en su Riohacha natal, en uso de buen retiro y esperanzado con la selección de Jorge Luis Pinto. Dentro de poco estará frente al televisor observando, tal vez, el ritmo demoníaco de Edixon Perea, Luis Gabriel Rey, Rodallega o Chitiva, tratando de perforar vallas contrarias en los partidos que tocará enfrentar en la Copa América , en Venezuela.
Ahora tiene 50 años. Volvió a Riohacha, después de haberla dejado atrás un lejano mes de 1975 atraído por la magia de un Junior que, dos años más tarde, lo alborozarían más allá del frenesí gracias a la conquista del primer título y a los actos de hechicería de Alfredo Arango, un jugador al que Iguarán admiró por la destreza de su fútbol y el prodigio de su gambeta. De aquella época, cómo olvidar los nombres de Dulio Miranda, Gabriel Berdugo, Rafael Reyes, Juan Carlos Delménico, Julio Comesaña, Óscar Bolaño, Camilo Aguilar, Eduardo Solari, César Lorea y Juan Ramón Verón, la famosa Bruja que habría de llevarlo, un año después de la gloriosa conquista, al Cúcuta Deportivo, equipo que marcaría para siempre su destino de futbolista, goleador y hombre de fútbol.
De aquel debut en 1978, allá en la frontera, sólo quedan pedazos de recuerdos y nostalgias sin procesar, pues la incertidumbre rondaba... El sueño de jugar en Junior se había esfumado de repente. Los vidrios rotos de su ilusión, según él, habían saltado también muy cerca de José Iguarán y Aida Zúñiga, sus padres, quienes confiaban –pese a las dudas iniciales– en la redención económica gracias a la veloz carrera y la habilidad y destreza de aquel hijo que aprendió a dominar la pelota en las escarpadas canchas de las tierras guajiras. Allá, en efecto, había nacido un 31 de enero de 1957 en el seno de una familia humilde, afianzada con el empuje arrollador del viejo José, un avezado conductor del sector oficial que siempre miró de soslayo la vocación temprana e inexplicable del pequeñín Arnoldo.
“Desde pequeño me gustó correr. Yo diría que mi velocidad es natural. Pese a que nunca me gustó el atletismo, siempre fui un atleta, pero enamorado del fútbol, a morir. En Riohacha, mientras estuve acá, mi vida transcurrió en medio del fútbol, la pasión de toda mi vida”, dice ahora, después de un recorrido circular por el balompié activo que regresó al punto de partida. Como mordiéndose la cola.
No obstante, en sus primeros partidos vistiendo la camiseta rojinegra, se mostró ya como una promesa del balompié nacional. Sobre todo, por sus zarpazos, el movimiento de piernas -inatajable en su proyección- y la explosión en el área contraria. De tal forma que, ocho años después del caótico debut, Iguarán comenzó a lucir el uniforme azul de Millonarios, otro de sus grandes sueños, pues se trataba de un equipo legendario por el que habían desfilado rutilantes estrellas del fútbol internacional. Y fueron también ocho años los que permaneció con el equipo de la Capital , siempre en el ataque, buscando el descampado para herir el balón con su disparo letal.
Sólo para las biografías dilatadas cuentan otras incursiones suyas en equipos donde también dejó huellas: uno de Venezuela de cuyo nombre casi nadie se acuerda, Deportes Tolima e Independiente Santa Fe, pasos fugaces, fútbol en preparación, preámbulo a lo que vendría después, tanto más cuanto que en sus guayos se ocultaban centenares de goles, muchos de ellos inverosímiles, pero todos con el sello de un jugador que nunca dejó de admirar los actos de magia blanca de Michel Platiní.
III
En 1997 decidió colgar los guayos profesionales. Y desde el momento de su retiro del balompié de primera categoría, decidió prolongar su pasión para seguir envuelto en ese exquisito aroma del fútbol. Lo demás fue instalándose en el ámbito de los recuerdos sin que lleguen aún a convertirse en nostalgia. De ahí las remembranzas vívidas y alegres al mencionar sus pasos: desde los que comenzó a dar frente a la mirada atenta de Othon Alberto Dacunha, hace más de treinta años, hasta el último instante en un partido cualquiera que marcó para siempre el abandono del fútbol profesional.
Hoy, el aroma, está en su mirada de lince, buscando talentos que están como diamantes en el desierto. O en sus indicaciones a los técnicos de las poblaciones guajiras por donde se desplaza como una especie de gitano del fútbol, brindando asesoría, desplegando como ejemplo su sabiduría a los empleados del centro carbonífero de El Cerrejón. Desde hace tres años está en esas tareas, “feliz, contento, haciendo lo que me gusta, cazando cracks como el prospecto Yánez, el mismo del Santa Fe: lo llevé al Chicó F.C, en una negociación directa con Eduardo Pimentel”.
Y hay más: su vida se abre ahora a través de la dirección electrónica www.iguaran.com . Entonces aparece la misma estampa de sus tiempos de esplendor: Arnoldo con su mirada serena, rostro pétreo, bigote hirsuto, cabello en almohadilla, pegado al cráneo; Arnoldo junto a los niños que lo miran con ojos de idolatría, mientras a un costado del portal de internet aparece el enlace que lleva a la misión y visión de su escuela, a las noticias, a la historia reciente y a los objetivos de un proyecto que él quisiera expandir más allá de su tierra indómita con el propósito de encontrar más iguaranes que prolonguen sus goles hasta el infinito. Todo es azul en ese portal: es la añoranza por los colores de Millonarios, equipo con el que logró el cumplimiento de sus más recónditos sueños.
De goles, fueron muchos como profesional, sobrepasando el centenar, y todos convertidos con el alma. La mayoría de ellos –vimos muchos, muchos los vieron- gracias a la ventaja que alcanzaba a partir de su trote desquiciado que dejaba en el camino a los rivales, como espantapájaros de patio, estáticos, viendo con deslumbramiento aquella sombra que se descolgaba rauda y luego remataba con un zapatazo mortal. En otras ocasiones los culminaba con un cabezazo: desde aquellos tiempos idos en que Othon Alberto Dacunha le enseñó el correcto movimiento de cabeza le quedó gustando el sabor que otorgaban los testarazos súbitos.
A veces los brindaba en bandeja a su compañero de ataque para que se luciera y festejara en su nombre un gol que él mismo pudo anotar en la jugada agónica del encuentro. Por todo eso, está entre los máximos artilleros del fútbol colombiano y aparece junto a notables jugadores del fútbol mundial, como uno de los botines de oro de la prestigiosa Copa América.
Tal vez, ahora, se busca a sí mismo. Es posible, dicen por ahí, que su andar incesante por los peladeros de La Guajira tengan el propósito de prolongarse en el tiempo, verse reflejado en las aguas del fútbol a través de algún joven imberbe que marche en veloz carrera con el esférico pegado a sus guayos, toreando defensores y luego detonando un remate, tal como en sus mejores tiempos. Ha visto relámpagos, lamparazos en una que otra promesa que despunta en una tarde cualquiera; ha visto, con alegría, los zarpazos de de Hugo Rodallega. Pero aún no está conforme. En lo más profundo de sus ansias sigue esperando ese otro yo que le haga recordar el movimiento perpetuo de su pierna derecha –como ante Arabia Saudita, en el mundial de Italia; o ante Paraguay, minutos antes de los tres goles con los que humilló al Gato Fernández- y la evocación de aquellos goles de antología que desfilan por su mente, hoy, como una sucesión de imágenes cinematográficas.
"Y es sólo entonces
cuando están muertos, cuando están vestidos,
que la ciudad los recupera hipócrita
y les impone los deberes cotidianos." Cortázar