CRÓNICAS DEL ALBIAZUL QUE SOBREVIVIÓ EN SANTIAGO
8 años, a lo sumo, son los años que llevaba sin ver en un estadio a mi equipo del alma: Millonarios.
Marco Aurelio Muñoz: mi Papá. Señor que me heredó sangre azul y que nos enseñó, a mi y a mi hermano, desde niños a valorar y amar la historia del mas grande equipo del deporte rey en mi país.
Por vueltas que da esta vida, terminé viviendo en una acogedora ciudad al bello sur de Chile llamada Osorno con la mujer que amo; después de haber nacido y vivido mis primeros quince años en Bogotá y los siguientes seis en Madrid – España.
Al saber que Millos había clasificado a la Copa Nissan Sudamericana, se apoderó de mí una descabellada probabilidad: volver a ver a mi equipo amado desde las gradas de un estadio. No con demasiado ahínco seguía paso a paso el recorrido de Millonarios en el torneo local (como todos los años), pero esa escasez de empeño la balanceaba con mi obsesión por la Copa Nissan Sudamericana. Tanto fue así que hice algo que nunca en realidad había hecho: leerme el reglamento entero de la Copa Sudamericana de Clubes 2007, en la página web de la CONMEBOL, donde lo principal se me presentaba en el siguiente cuadro:
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Los clasificados de la etapa Preliminar Argentina se denominarán ARG I, ARG II, ARG III y ARG IV; los de la etapa preliminar Brasil se denominarán BRA I, BRA II, BRA III y BRA IV; el clasificado del Grupo A, entre Chile y Bolivia, será “O3”; el del Grupo B, entre Ecuador y Venezuela, será “O2”; el del Grupo C, entre Colombia y Perú, será “O6”; el del Grupo D, entre Uruguay y Paraguay, será “O7”; el campeón Pachuca CF será “O5”; los equipos de la Concacaf serán “O1”, “O4” y “O8”.
• LLAVE C1: ARG IV (L) vs. BRA I
• LLAVE C2: ARG III (L) vs. BRA II
• LLAVE C3: BRA III (L) vs. ARG II
• LLAVE C4: BRA IV (L) vs. ARG I
• LLAVE C5: O8 (L) vs. O1
• LLAVE C6: O7 (L) vs. O2
• LLAVE C7: O6 (L) vs. O3
• LLAVE C8: O5 (L) vs. O4
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Después de haberle dado por unos minutos a la pensadora entre Grupos, Llaves, Arg III, (L)’s y demás… saqué en limpio lo siguiente: los equipos Chilenos, Bolivianos, Colombianos y Peruanos se tenían que enfrentar. Pero… ¿Podría ser posible? ¿Millos viniendo a Chile? Difícil, pocas probabilidades.
Primeros partidos
Las posibilidades se mostraban dispares. Los equipos chilenos ya habían dado el primer paso, ganaron ante los bolivianos quienes no mostraron mayor resistencia. Por otro lado Millos había perdido su primer partido en el Campín, y Nacional había ganado en Perú. Pero días después, Millonarios da la sorpresa en Perú y gana el partido por penaltis, mientras Nacional aseguraba su victoria en casa. Algo estaba claro, colombianos y chilenos se iban a enfrentar tarde o temprano. Las probabilidades se iban descartando.
Clásico en Medellín
Partido ansiado por muchos fanáticos del fútbol colombiano, y más por los paisas quienes habían arrancado con muy buen pie en la Copa Mustang mientras que Millonarios venía jugando de forma bastante irregular.
Sabía que no podía verme el partido en directo por la cantidad de trabajo que tenía, así que decidí verlo dos días después en una repetición, días en que no hablé con casi nadie mucho menos de mi familia para no saber cuánto había quedado el partido sin haberlo disfrutado como si estuviera jugando en vivo y en directo.
Y efectivamente así lo disfruté, a pesar de que era muy temprano por la mañana y todavía no me había terminado de sacar las lagañas. Que alegría tan inmensa, no me llegaba a imaginar como estaría disfrutando mi papi y mi hermano. Sobretodo mi papá quién tiene gran cantidad de enemigos antimillonaristas los cuales se deben haber fagocitado buenas raciones de obscenidades por parte de don Marco Aurelio.
Yo tenía muy presente la idea de que el Colo Colo le había ganado al Audax Italiano, cosa que lamenté, no por tenerles miedo a sus jugadores, pero sí a sus hinchas. Francamente lo que más me desagrada del Colo Colo es la fea costumbre de no saber ganar ni perder. Es un equipo que está muy acostumbrado a ganar casi todos los años el torneo local, y que si no gana en más de tres partidos consecutivos se deprimen, sus hinchas reclaman y los insultan. Hace pocos días fue noticia un canto que dedicaron los hinchas del Colo Colo a sus jugadores: “Para cobrar plata hay que ganar mas Copas”.
Francamente creo que en este tipo de equipos se pierde la noción de lo que es verdaderamente el fútbol, un deporte en el que lo mas lindo es sentir que hay miles de personas que te están apoyando, personas que ponen todo su corazón para que los jugadores sientan una responsabilidad moral para con esa gente, y así jugar motivados. Ese es el fútbol señores, y eso fue precisamente lo que me desencantó del Real Madrid cuando llegué a España, y lo que me enamoró de un Barcelona que en esos momentos estaba en crisis, pero sus jugadores (Rivaldo, Kluivert, Guardiola…) dejaban hasta el alma en la cancha.
Vamos a Santiago!... creo
Todos los seres humanos tenemos órganos invisibles donde depositamos determinadas cantidades de emociones, sentimientos, virtudes, defectos, etc. En mi caso, mi depósito de valentía ha sido casi siempre como una tacita de té que en contadas ocasiones se podría convertir en un galón de agua.
Desde que supe a primera hora de la mañana que Millonarios había empatado en el campín contra Nacional, me empecé a tratar de hacer a la idea de que tenía que ir a Santiago si o si. De momentos esa idea titubeaba en mi cabeza… la plata, el viaje, el trabajo, el desconocimiento de la ciudad y sobre todo mi integridad eran factores importantes que me jugaban en contra a la hora de decidirme al 100% sobre el viaje.
Empecé a contactar foros de Millos en Internet para saber si la hinchada fiel del equipo iba a venir, y dónde se iban a ubicar y demás cosas… datos que al final nunca supe hasta el último día.
Eran poco los días que faltaban para el encuentro de Millonarios y Colo Colo en Bogotá. Sabía que era un partido difícil pero por supuesto ganable, para entonces mi taza de valor se iba llenando gota a gota y mi cuerpo preparándose para lo peor.
De un día para otro, me encontré en una bar repleto de colocolinos con un amigo chileno hincha también del Colo Colo, esperando a que empezara el encuentro. Al ver mi bello estadio, mi gente, mi ciudad, mi país y mi equipo en pantalla, el corazón se me encogió como tomando impulso para posteriormente soltar un chorro de amor por mi camiseta y valentía para enfrentar todo lo que se venía.
Desde ese momento mi decisión estaba consolidada, más que “un viaje” era el viaje, más que un “partido de fútbol” era mi pasión, más que ir a ver a “un equipo” era MI DEBER.
El partido se tornaba en ciertos momentos desesperante. Millos no terminaba de encontrar su fútbol, su toque toque, sus ideas. Ya se había terminado el primer tiempo y Colo Colo había marcado un gol, Ciciliano se había comido un penalti y Millonarios era menos que Colo Colo. En el bar estaban esperanzados con una goleada, mientras yo rogaba al cielo y las estrellas que el juego de Millonarios mejorara.
Segundo tiempo. Millonarios se estaba levantando, poco a poco se iba acercando al arco rival… cuando de pronto: contragolpe. Ciciliano la baja maestralmente en el área rival, amaga y gol ¿gol? GOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOLLLLLLLLLLLLLLL HIJUEP...... Algo dentro de mí dijo: “no salte marica”, apreté los puños con una fuerza capaz de destruir cualquier cosa y agaché la cabeza como para pasar desapercibido, aunque dudo que fuera así.
Final del partido. Millos demostró ser quien es en los últimos minutos, si hubiese seguido el encuentro Colo Colo se habría ido con otro adentro, pero bueno, no nos dejamos ganar en casa y eso, aunque poco valorado en este tipo de copas, no es poco.
Reacciones
Estaba convencido de que no iba a encontrar entradas para el encuentro una vez llegado a Santiago, de forma que llamé al Estadio Monumental, a tiendas de ropas, me metí a Internet… todo con tal de tener compradas las boletas antes de irme. Cosa que fue imposible.
“Bueno, sea como sea voy, y si no pillo boletas me meto a un barcito colombiano y lo veo”. Mi mujer desde un principio ni me contradijo, sabe mejor que nadie que cuando se me mete una idea así a la cabeza no hay poder humano que me la saque… “anda amor”, me aprobó.
Ya se lo había avisado a todo el mundo, por supuesto a mi jefe también (que es mi suegro) quien no dudó un instante en decirme que me fuera, pero que le dejara todo anotadito para hacer el trabajo él; hasta me pidió que aprovechara para comprarle unos jeans que no se encontraban en Osorno.
Mi papá me llamó un día después del partido en el Campín. No tenía idea de que yo iba a ir a Santiago y no se lo pensaba contar sino hasta que estuviera allá, pues es mucho más barato llamar desde Santiago. Lo tomó por sorpresa pero se alegro mucho, tanto que ni me preguntó con quien iba.
Mi mamá ya estaba preocupada, pero le pedí a mi Diosito que le diera fuerzas para que no estuviera tan inquieta, creo que surgió. Ella se encargaría de contárselo a mi hermano.
Con los maestros albañiles de mi suegro (un ex Garra Blanca y otro veterano hincha del Colo Colo) ya tenía apostada cierta cantidad de plata, “por lo menos” dije “recuperaré la plata de los pasajes…Dios quiera”.
Bueno… nos fuímonos
Miércoles 3 de Octubre
El bus partió a las siete de la noche. Pude haber dormido placenteramente, pero no fue así. Un sin fin de ideas para pasar desapercibido en la capital, se me cruzaban por la cabeza. Podría perderme, encontrarme de frente con los temibles garra blanca, que me robaran mis cosas, que me quedara sin plata para la boleta, que no tuviera donde ver el partido… ya no importaba demasiado, estaba rumbo a la gloria o a la desdicha. Como decía mi papa: “nos fuímonos”
Jueves 4 de Octubre
6:00 a.m.
“Llévate un lápiz” me dijo mi mujer. “¿Pa’ qué?” pregunté. “Pa’ pintarte la raya del culo cuando llegues”… pensaba, mientras me trataba de bajar del bus.
Fui al baño a lavarme la cara, la boca y la cabeza, era el primer paso para pasar desapercibido “que no noten que acabas de llegar de un viaje” me dije. Empecé a dar vueltas como bobo en la Estación Central. Caminaba y caminaba hasta llegar siempre al mismo punto, así unas cinco veces, “empezamos bien… hum”.
Después de resolver todo tipo de laberintos en la capital y abrumado por la gran cantidad de gente que se movía a tan tempranas horas de la mañana, logré hacer una especie de jugadas que me permitieron moverme con tranquilidad durante el día (por ejemplo dejar la mochila en un supermercado para no pagar custodia, e imprimirme en un caber-café todo tipo de mapas y planos por los sectores por los que seguro iba a estar).
11:00 a.m.
Momento crucial, tenía que comprar la boleta para el partido. La camiseta de Millonarios estaba aun en la mochila, podía ir tranquilo a comprarla… “espero encontrarme algún compatriota”.
Otra enorme fila en lo que llevaba de día y un cartel: ENTRADAS PARA EL PARTIDO DE COLO COLO EN ESTADO 33. “¿En estado 33? ¿qué querrá decir esa vaina?, bueno pero seguro que es aquí”.
A la media hora.
- “Hola buenas, una entrada pa'l partido por favor”.
- “ No señor, en estado 33 las encuentra”.
- “¿Y que quiere decir eso?”
- “En la Calle Estado número 33 joven”.
- “Ah… gracias. Vida hijuep…”
Llegué a la Calle Estado nº 33 con la esperanza de, ahora si, encontrarme con algún compatriota. La fila no era tan larga. En las esquinas circundantes de la tienda Feria del Disco se podía divisar grupos de hinchas del Colo Colo pidiendo plata par pagar la entrada, curiosamente la gente accedía. En frente de mí, estaban dos muchachos con una cara de colombianos tremenda y hablando (pensaba yo) en voz baja “seguramente pa’ que no se les note el acento” pensé.
- “¿Qué, vienen a ver el partido de Millos?”
- “Si” contestó uno de ellos.
- “¿Pero vienen de Bogotá o viven aquí?”
- “No, somos chilenos, vamos a ver al Colo. ¿Y tú? ¿A ver a Millonarios?”
- “Si, vengo a ver como pierden esas mierdas. Soy del Nacional”
- “Aaahh, bacán”
Error tras error, estaba lleno de hinchas del Colo Colo por todas partes y yo casi me mato solito. Al oír hablar a estos con otros que pasaban a saludarlos, me di cuenta que, más encima, eran militantes de la garra blanca. “Que hueva más grande” me dije. “Esto no se va a volver a repetir”.
Al final llegué a la caja. Le pedí a la señorita que me vendiera una entrada donde iba a estar la hinchada de Millonarios para no tener que volver en un cajón a la casa. Ella me vendió la entrada a Galvarino, que es más o menos como un Occidental general en el Campín, donde me aseguró que de ahí iba a salir con vida. Efectivamente fue así, pero sufrí mucho para lograrlo.
14:00 p.m.
- “¿Aló?”
- “Aló… ¡Hola papi!”
- “Hooola papito ¿cómo estás?”
- “Bien papi, bien. Ya compré la boleta”.
- “Uy papito mucho cuidado. Y no te preocupes que Millos va a ganar, todo bien hijo”
- “Bueno papi, Dios quiera”…
Esas fueron las palabras claves para renovar mi motivación de seguir esta aventura. “Todo bien hijo que Millos va a ganar”. Por un momento se me ocurrió que toda la responsabilidad de lo que fuera a pasar en el partido recaía en él. “No me puedes fallar papi, confío en ti”.
18:00 p.m.
Ya estaba cansado de dar tantas vueltas por la ciudad. Había comprado el pasaje de vuelta a Osorno con la desilusión de pensar que no podría ver todo el partido, ya que mi autobús salía a las doce de la noche y tenía que estar quince minutos antes en el Terminal, lo que me llevaba a ver hasta el minuto treinta del partido como mucho. Había dejado la mochila en custodia (cobrada) en el Terminal y había sacado mi maletín.
Ya era hora de enfrentar una realidad que de momentos intentaba evadir de mi mente, tenía que ponerme la camiseta de Millonarios e ir al estadio. En ese momento eran más fuertes las ganas de enfrentarlo que el miedo. Me dirigí a un baño público, me metí a una cabina, me quité el saco blanco y saqué de la mochila mi hermosa camiseta. La contemplé por un momento, para mi era un tesoro que no tenía valor monetario alguno capaz de comprarla. Camiseta que mi papá, con el sudor de su frente, me regaló cuando fui a Colombia de visita el año 2002. Estaba resplandeciente, como nueva. Con su escudo bordado de dorado, letras de Comcel y Saeta. Llámenla vieja, para mí es el capital más preciado que tengo. Me la puse y encima de esta el saco blanco, que a pesar de no ser tan preciado, fue el que en parte me salvó de una linchada segura.
Me miré al espejo, todavía se notaba la camiseta por la parte del cuello. “Vale huevo, me amarro la capucha hasta el cuello como si estuviera haciendo frío”.
Primer mal presagio. El cielo estaba nublado cuando salí del baño, y hacía un calor horrible. Subí al metro de La Moneda y me dirigí al metro Pedrero, donde se encontraba el estadio. Entre el tumulto de gente intentaba divisar compatriotas, y de pronto observé un hombre de gafas con una chaqueta de Italia (azul y blanco), con audífonos y un cojincito. “Este va pa’l estadio, ¿Será colombiano?... mejor ni pregunto, hasta que no vea gente con el escudo de Millos, mejor es quedarse calla’o”.
Llegamos. Había tanta gente que el colombiano sospechoso se me perdió. Ya me sabía de memoria el mapa que imprimí de ese sector de la ciudad. Pero lo que no tenía idea era por cual parte del estadio se entraba a Galvarino, así que me dejé llevar por mis pies.
Malditos pies. Justo llegué donde estaba toda la barra brava del Colo Colo. Le pregunté a un guardia en voz casi inaudible sobre la entrada al sector Galvarino. “Tiene que darse toda la vuelta”. No podía creer mi mala suerte, pero bueno “Diosito y mi ángel de la guarda se estarán tomando un tintico… espero”.
ENTRADA A GALVARINO. Creía que al llegar iba a estar a salvo, pero la realidad estaba muy lejos de ese ideal. Con disimulo y temor miraba como corrían de un lado para otro hinchas del Colo Colo, mientras un caballero de un maletín parecido al mío dejaba que lo llevaran a un rincón convencido de que le iban a revender la boleta. Del rincón salieron dos chicos con el maletín y el caballero agarrándose la cabeza. Me aferré a mi maletín con fuerza, maletín en el que llevaba mis papeles, mi billetera, la boleta y una cámara de la que no tenía idea para que mierda había llevado.
Esperaba desesperadamente algo que me sacara de allí: hinchas de Millos (que nunca llegaron), más policías, más familia de aspecto medio… nada. Cuando de pronto, una salvación: una pareja vendiendo escuditos del Colo Colo, combinaban a la perfección con mi saco blanco y seguramente eran baratos.
- “¿Qué precio tienen?”
- “Quinientos pesos”
- “Déme uno” “Uy pero regálame un ganchito pa’ ponérmelo”
- “¿Un qué?
- “Un pinchecito!”
- “Ah, claro”.
-“¡Pilas marica!” me dije. Casi la volvía a embarrar.
20:00 p.m.
Abrieron las puertas del estadio. No había rastro de un escudo de Millos ni nada de lo que poder aferrarme. Por momentos me acomodaba la capucha amarrada hasta el cuello, me bajaba bien las mangas para tapar las manillas y me bajaba bien la parte de atrás del saco, asegurándome de que no quedara rastro de mi personalidad. De ahí para adelante me hice un papelón merecedor de un Oscar. “Cuando me encuentre con hinchas de millos me les pego y boto este puto escudo”.
En la requisa vaciaron por completo mi maletín, temí por la cámara “no creerán que voy a tirar la cámara a los jugadores”. Un policía dejaba todas mis cosas de vuelta dentro de mi maletín mientras el otro me preguntaba: “¿Cuánto vamos a ganar hoy?”. “Tres - cero” lo primero que se me vino a la mente.
Ya estaba sentado, tenía una vista hermosa del estadio. Vista que se tornaba poco a poco espeluznante por la cantidad de hinchas del Colo Colo que llegaban fumando hasta marihuana y cantando a grito entero. Lo positivo es que nadie se había fijado en mí, tanto así que un señor de aspecto amable me preguntó que cuánto me había costado el escudito. “Cinco gambas” contesté con el mas posible acento chileno.
De un momento a otro mi desconcierto fue total al ver a los hinchas de Millonarios a unos 150 metros a la redonda de donde me encontraba yo. La pensadora estaba a mil. Tenía un conjunto de sentimientos y emociones contradictorias difíciles de describir. Sentía rabia y envidia por no estar allá con ellos y a la vez miedo y desespero porque ahora sí me sentía más solo que nunca. “Démosle hasta el fin”
La cosa iba cambiando. A mi lado izquierdo se habían sentado un grupo de amigos (incluida una mujer) muy alegres que sobrepasaban las tres décadas. A mi derecha se acababa de sentar una niña de unos nueve años junto con su papá. Pareciera que mi ángel de la guarda había empezado a hacer su trabajo. Y como si fuera poco, me llamaron desde el Terminal Sur de Buses para avisarme que mi autobús estaba con retraso. “Por lo menos media hora”. Alguien desde el cielo quería que yo disfrutara este momento hasta el final.
21.20 p.m.
- “ATENCIÓN COLOCOLINO DE CORAZÓN ¡CE - ACHE - I¡”
- “CHI!!!”
- “¡ELE - E!”
- “LE!!!”
- “CHI CHI CHI - LE LE LE. COLO COLO DE CHILE”
Para seguir con mi papel, tenía que vocalizar los cantos que también niños y ancianos exclamaban, yo no podía ser menos.
Ya me estaba acostumbrado a la actuación, tanto así que tuve el valor de sacar algunas fotos al estadio y a los hinchas de Millos, seguro que nadie se daría cuenta. De repente todo el mundo empezó a chiflar. El corazón me dio un vuelco cuando vi a los jugadores de Millonarios salir al campo de juego. Tenía la cámara en la mano y los jugadores de Millos estaban al lado de los de la garra blanca, oportunidad perfecta para tomar una foto a mis jugadores. (Disculparán la mala calidad de las fotos).
Se iba acercando el momento del pitido inicial. El miedo que antes se estaba mitigando reaparecía en forma de taquicardia. Todo el estadio gritaba a una sola voz: “COROCOCO COROCOCO EL QUE NO SALTE ES COLOMBIANO MARICÓN…”. Mientras yo levantaba los talones al ritmo de los cánticos, mi estomago sufría ataques de ambigüedad, pues no sabía si vomitar del asco o cagarse del susto por si me pillaban (el cuento de por qué les dicen indecisas a las enanas cuando se las comen que contaba mi papá se me vino a la mente). En ese momento saqué mi cámara, sin saber muy bien el motivo, para filmar la humillación por la que estaba pasando.
Empieza el partido
Como es costumbre cuando juega Millos, la selección Colombia, o el Barcelona; me eché la bendición, gesto que imitó la niña de mi derecha.
Minutos más tarde sentía casi descargas eléctricas en mis dedos cuando me arrancaba pedazos de cuero “no te comas los codos” diría mi mujer. Millos estaba jugando mal, le estaban tocando el balón y perdía casi todos los balones antes de llegar a media cancha. Las opciones de abrir el marcador por parte de Colo Colo eran mucho más claras que las de Millonarios.
Minuto 35, falta a favor de Millos. “Péguele Ciciliano hermano”. Centro, rebote que le queda a Mosquera y gol. Para controlar mis emociones que estaban al límite de estallar, me senté en la silla tapándome la cara y gritando para mis adentros “GOOOOOLLLLL VAMOS MILLITOS VAMOS MIERDA!”. El estadio estaba desolado (excepto los hinchas de Millonarios), yo saqué la cámara para grabar las reacciones de los que me rodeaban, pero lo que realmente hice fue desahogarme con la cámara diciendo: “Acaba de meter gol Millos, vamos hijuep… vamos Millos!”.
No lo podía creer, Millonarios no estaba jugando bien, pero iba ganando “me importa un culo, van a mejorar, yo sé que si”. No había terminado de digerir lo acababa de pasar, cuando… jugada de Biscayzacú y golazo al ángulo. Me temía lo peor, todos vaticinaban una goleada. Dios quiera que no.
Segundo tiempo
El partido estaba mejorando, Millonarios había logrado romper la barrera del medio campo y estaba llegando con más peligro al área rival. En realidad las opciones eran buenas por lado y lado, y la desesperación me estaba haciendo pasar una mala jugada: la niña de mi derecha me las estaba pillando todas. Cuando llegaba Colo Colo al arco de Millonarios yo resoplaba sin ninguna vergüenza; cuando Millonarios se acercaba al arco de Colo Colo yo cerraba mis puños con rabia; ya no saltaba, ni vocalizaba, ni tarareaba los cánticos rivales; además mis manillas (toda en la mano derecha) siempre se me salían de la manga. “En cualquier momento me va a delatar esta mocosa”. Ya me importaba más bien poco.
Los últimos quince minutos Millonarios era más que Colo Colo, estaba tocando el balón a placer y llegaba no con mucha dificultad al área rival. Yo miraba desesperado mi reloj, no sabía si era mejor que se fueran a penaltis. El caballero de atrás dijo: “se armaron los conchesumadre” y así era.
Final del partido. El corazón se me iba a salir por la boca, deseaba tener a mano mi ventolín porque me estaba faltando el aire. ¿Cómo diablos iba a disimular los goles o tapadas?. Decidí hacerme el inexpresivo, mi cuerpo corría en peligro, no me las podía jugar así. En ese momento pasó mi mujer, mi mamá, mi papá, mi hermano, mi hermana y demás familiares por mi cabeza. Los amo demasiado como para dejarlos aquí.
Penaltis
El sufrimiento era intenso y constante. Los goles iban y venían como si estuvieran practicando, ya no sentía nada a mí alrededor, solo estaba el balón y el arco, ni me preocupaba por quien lanzaba los penaltis.
“¿Cuándo se va a acabar esta mierda?”. Me pregunté hasta llegar al penalti número seis. Tenía la esperanza de que el jugador del Colo Colo se lo comiera. Era Bieler, el tronco que nadie quería, al que llamaron a amenazarlo por malo. Tiro al palo, adivina Blandón y gol. Estuvo cerca. Tiro de Millos (no sé de quien) y gol… UF!.
“Es Sanhueza, ese lo hace, fijo”. Era para casi todos el mejor que había jugado en el Colo Colo, no había duda de que lo haría. Tira al arco… como los cobardes, al medio… no puede ser! ¡Lo tapó Blandón! “Gracias Dios mío, gracias Diosito”. No pude disimular la emoción, me tape la cara en la que ya me corría una lágrima. Gracias a Dios esto fue tomado por los que me rodeaban como un acto de acongojo. La niña estaba desconcertada, yo me la imaginaba como en una especia de éxtasis, no podía creer haberme visto llorar porque Colo Colo se comió el penal.
No lo pensé dos veces “tengo que hacerme cerca de la salida”, así fue. Me abrí paso entre la multitud para hacerme en la última fila donde estaban los comerciantes y policías sapiando. Va a tirar Jhon Estrada. Ya tenía estudiado el recorrido de escape y la carretera donde cogería un taxi. Lo va a hacer, estoy seguro. “Mi venida aquí no va a ser en vano, no, tu me lo prometiste papi, en ti confío”. Observaba a los jugadores de Millonarios arrodillados, un chorro de lágrimas salía de mis ojos, todo el estadio estaba callado. Se prepara para lanzar, da unos pasos, tira al arco y gol. GOL HIJUEPUTA GOL.
Mientras mis manos tomaban mi cabeza mis pies empezaron a correr hacia la salida, tenían vida propia, corrían por pura inercia, mi alma era otra, no volví mirar hacia atrás. Corrí hasta llegar a la carretera y ver justo un taxi estacionado a la salida del estadio, no sabía si estaba de servicio pero me subí. Cualquiera que me hubiera visto diría que el taxista me estaba esperando.
- “¿Cuánto quedó el Colocolito?”
- “Perdió”
- “Chuuuuuuuta”.
No podía bajar la guardia. Sabía muy bien que si no seguía actuando, el taxista me iba a dar vueltas por la ciudad hasta cobrarme una gran cantidad de plata. Le dije, fingiendo voz de afónico para no tener que hablar demasiado, que era de Santiago, que me iba a Osorno por temas de trabajo, y que era hincha a muerte del Colo Colo. Mientras el taxista me parloteaba sobre su equipo amado y el por qué no tenía radio (se la habían robado), yo pensaba en un canto que recitaba el estadio a mitad de tiempo: “QUE A MILLONARIOS EN EL MONUMENTAL NOS VAMOS A CULIAR, A CULIAR, A CULIAR”. Sentí orgullo de escuchar en otro rival el nombre de mi equipo con todas sus letras.y más aun sabiendo que se habían tragado sus palabras.
A pesar de todo, la carrera me pareció extremadamente cara: 6000 pesos lo que me costó el pasaje de ida a Santiago. “¿Podís ir a cambiar el billete en ese restauran?”. Me bajé del taxi y aproveché para preguntarle al camarero del restaurante si estaba bien lo que el taxista me había cobrado. Lo afirmó argumentando que eran más de las 12 p.m. y que me traía al Terminal.
Volví contento donde el taxista a pagarle su plata. Estaba pálido y me dijo con voz entrecortada “¡Ándate güeón que me acaban de cogotear!, ¡ÁNDATE!”. Lo acababan de robar. Le tiré los billetes por la ventana, y como alma que lleva el diablo corrí al Terminal que estaba a una cuadra. “Al fin a salvo, Dios mío”
Saqué de custodia mi mochila. No podía esperar más, sentía que la camiseta me quemaba el cuerpo como castigándome por haberla ofendido de esa forma. Me quité el saco como quien se quita su armadura de guerra. Besé mi camiseta “perdóname” le dije, metí el saco a la mochila y a esperar el autobús.
Mientras esperaba el autobús, digería el manjar de la gloria a pequeñas mascadas, recordando todo lo vivido momento a momento, como un duende contando su tesoro. “Esto lo puedo disfrutar aún más” pensé. Con las pocas monedas que me quedaba, llamé a uno de los maestros albañiles por si se estaba olvidando de nuestra empresa.
- “Mañana por favor quiero mi plata EN EFECTIVO, nada de tarjetas, ni cheques ni nada”
- “Ah no, no, no. Nunca hablamos de penaltis…”
- “Si claro, no me venga con cuentos raros, más bien por la mañana tempranito sacan el botiquín del camión para que se vayan haciendo curaciones en el culito, ¿oyó?.
- “Ya güeón, chao” .
Una vez dentro del autobús me llamó mi papi casi llorando y contento de oírme en buen estado. Le conté parte de la experiencia y nos despedimos. Era uno de los mejores días de mi vida, no dormí en casi todo el viaje aunque fue mucho más largo que el de ida, pues pasaba por muchas más localidades. La alegría no me dejaba descansar.
Conclusiones
Seguramente mi ángel de la guarda llamó a unos primos para que le ayudaran en esta travesía. Hablando con sinceridad, creo que fui muy afortunado de salir de todo esto ileso, y se lo debo a mi Dios que es tan grande, que me tuvo entre sus cejas en toda esta odisea.
Soy conciente de que defraudé a mi equipo del alma, a mi camiseta y a mi país fingiendo ser quién no era. A veces pienso que si me hubiera quitado el saco en medio de todos y hubiera gritado “TE AMO MILLOS HIJUEPUTA”, después del último penalti; sin duda habría terminado como mínimo herido, pero no importaba, lo hubiera hecho con la felicidad más grande en el corazón… que rico debe ser morir así.
Hace poco supe que Millos había perdido contra Nacional, por tres a cero. Al fin se pudieron sacar la espinita esos perros. “Me importa un culo” pensé, “lo comido y lo bailado no me lo quita nadie… y todavía seguimos en la Copa Sudamericana”.
Puede que perdamos contra el Sao Paulo, pero tampoco me importa demasiado. Mi sueño lo viví como nadie se imagina, como los grandes, como solo Millos podría concedérmelo. Gracias Millitos, hoy te amo más que nunca.
Si usted es hincha de Millonarios, envíele esto a otros hinchas azules, en especial a los que fueron a apoyar al equipo desde Bogotá hasta Santiago, eso es amor.
Si usted es periodista, columnista, opinólogo o si ocupa otro cargo en algún medio de prensa, televisión o radio, le agradecería publicara esta vivencia. No le voy a cobrar nada.
Si usted es mi esposa, mi mamá, mi papá, mi hermano, mi hermana u otro familiar; no le quepa duda que en algún momento de toda esta odisea estuve pensando en usted.
Gracias por su paciencia.
Marco Alexander Muñoz V.
pd. videos:
http://www.youtube.com/watch?v=vDHESKhZHjI
http://www.youtube.com/watch?v=WLm4xd_z ... re=related

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