El ritual de siempre…

Pasaron 56 días desde el último partido de Millonarios por Copa Mustang. Cuando el tiempo está acompañado de la espera se hace más largo y lento, por eso la ansiedad y la desesperación por la falta de fútbol era evidente. Casi dos meses después la hinchada regresó a su casa en el ritual de siempre, y como hacía mucho no pasaba salió contenta porque su equipo del alma ganó con categoría, justicia y contundencia.
Video de este partido: http://www.losmillonarios.net/Multimedia/Videos-de-Partidos/videos-2009-2-mustang-millonarios-junior.html
El partido iba por televisión abierta, en un horario atípico y poco favorable -no mucha gente sale de su casa un domingo en la tarde/noche-, el rival venía con nómina alterna y Millonarios acarrea cuatro eliminaciones consecutivas con igual número de papelones. No importó nada, más de 25 mil personas asistieron al máximo escenario de los colombianos registrando la mejor asistencia de la jornada inicial del campeonato. Fue algo espectacular, tan increíble como impresionante. Ya no hay más palabras para describir la grandeza y la fe de esta hinchada.
Volvió el ritual de siempre. Después de tanto tiempo regresaron las mismas costumbres. El encuentro con los amigos de siempre, la marcha hacia el estadio en el Chévrolet rojo escuchando la música de Andrés Calamaro y hablando de fútbol. La llegada al estadio, las filas... cómo extrañábamos este ritual de domingo. Por eso, apenas entré al estadio lo único que pude hacer fue sonreir y darle gracias a Dios por haberme permitido estar hoy con vida para volver a mi casa a ver al amor de mi vida. Y claro, el mismo problema de logística de siempre al momento de subir las escaleras para el segundo piso de Occidental General, el tumulto, la mala gestión de los encargados y los empujones. Situaciones que vale la pena aguantar, como todo cuando de Millonarios se trata.
Regresaron las cábalas, esas que parecen ya no tener ningún efecto por tantos y tantos años de frustraciones acumuladas. Aquellos que se ponen su camiseta más antigua, aquellos que escogen determinado tipo de ropa que les da suerte el domingo, los que hacen la "posición antena" (ubicarse de cierta manera, de pie o sentados, que estando así llega la suerte al equipo), los que guardan algún objeto que les sirve como "talismán" en la billetera o en los bolsillos. Todo ese tipo de cábalas volvieron, son parte de ese ritual de nunca terminar. En mi caso, lo mismo de siempre, persignarme tres veces y besar el escudo de la prenda que tenga puesta. 25 mil personas lo hicieron cuando pasadas las seis de la tarde sonó el pitazo inicial que dio comienzo a una nueva ilusión, una más...
El viejo ritual que viene acompañado de alegrías, y que esta vez no tardaron sino cuatro minutos, cuando Bustos eludió a dos rivales afuera del área y soltó un zapatazo terrible que se metió en el ángulo del palo izquierdo del "célebre" Dídier Muñoz, no fue un gol, fue un golazo por donde se mire. Bogotá entera fue un estruendo, el grito de gol que durante casi dos meses estaba en las gargantas de todos se desaforó y El Campín fue una sola fiesta.
El viejo ritual que trae consigo la misma historia: el capitán, nuestro general, era amonestado cuando tan sólo transcurrían siete minutos del partido. Después Júnior tomó en parte el control del partido y mediante pelotazos a la zona izquierda trató de generar algún riesgo pero no tuvo éxito después de pasar los tres cuartos de cancha. Sólo dos remates aislados y desviados tuvo el equipo barranquillero.
A los veinte minutos de la inicial el partido tuvo un cambio crucial. Ómar Vásquez, quien había arrancado el partido supremamente nervioso, se destapó y empezó a volver locos a todos los jugadores de camisa roja y blanca a rayas. El número 27 encaró, enganchó, hizo fintas, dio giros, pasó y recibió, y Millonarios tuvo dos veces la opción de anotar el segundo, faltó la puntada final.
Y claro, volvió a aparecer el pésimo arbitraje. Esta vez a cargo de un antioqueño: Fernando Restrepo. todo el tiempo pitó favoreciendo al equipo de la visita, sancionó faltas inexistentes, se inventó posiciones adelantadas de otro planeta y dejó de sancionar dos penales clarísimos y otras tantas faltas más a favor de Millonarios. Hasta eso extrañábamos.
Ese ritual de nunca terminar también tiene sus momentos de preocupación y frustración. Hoy no iba a ser la excepción. Cuando Millonarios tenía dominado el partido y el resultado, Cortez pecó de ingénuo y a raiz de eso Cuadrado cometió una falta en el área tontísima, infantil, innecesaria. Y Ruiz aprovechó el papayazo para empatar el partido haciendo uso del cobro desde los once metros.
Cuando llegan esos momentos de impotencia, lo mejor que puede pasar siempre es una reconciliación, un alivio, un volver a empezar. Otra vez duró poco, sólo cinco minutos. El pequeño pero inmenso Vásquez se inventó una gran jugada, se juntó con Leonardo Castro y el delantero puso un buscapiés perfecto que se encontró el guayo derecho de Carmelo Valencia para mandarla a guardar y poner el segundo. Otra vez El Campín fue un festival. Y la primera mitad terminó con el equipo arriba en el marcador.
Si algo tiene la hinchada de Millonarios aparte de la fe, la lealtad y la solidaridad, es creatividad y sentido del humor. Por eso, cuando Júnior salió para el segundo tiempo y luego de los incidentes en los que se vio salpicado el volante Javier Florez, cuando asesinó a un hincha barranquillero luego de decirle "maleta", desde las tribunas salió un cántico burlón y ofensivo: "Asesinos, asesinos", cantó la gente a manera de burla, la risa apareció de nuevo.
El marcador era justo, pero se hacía muy corto. Había que ampliar la diferencia para no pasar angustias. Era necesario otro gol, y otra vez llegó rápido. Corrían seis minutos de la complementaria y otra vez Bustos se hizo presente, esta vez con un tiro libre magistral, como sabe hacerlo, como lo hizo en sus anteriores clubes y en la selección, pareció habérsele olvidado en el semestre anterior. Otro golazo de altos quilates. Doblete del lateral derecho y tripleta millonaria en Bogotá. La felicidad no cabía en el estadio.
Y tal como fue la última vez ante el América aquel 17 de Mayo, se repitió el resultado y se repitió el baile y el canto del ole. La cuenta pudo ser más larga, Carmelo se perdió dos increibles: primero definió a las manos de Muñoz y después le hizo una vaselina al arquero que sólo Dios sabe por qué no entró, al final el balón lentamente golpeó el palo derecho del arco sur del estadio. Araújo, de gran presentación, se hizo socio de todos para pasar el balón de un lado al otro y deleitar a los fieles, con Robayo, con Vásquez, con Carmelo, con Castro. Aquel equipo que el semestre pasado no hacía tres pases seguidos era historia. Hoy Millonarios tenía otro libreto, deleitó, jugó bastante bien.
Claro, hubo falencias, algo normal si se quiere por ser el primer partido apenas. Júnior aprovechó una desatención y casi obtiene el descuento pero el remate salió ligeramente desviado. Al final, el toque y el baile terminaron de enterrar al equipo barranquillero hasta que llegó el pitazo final y la alegría de todos. Millonarios arrancó como debía ser el campeonato y ahora Quindío es la siguiente estación, en Armenia y tras derrotar por goleada al Tolima como visitante en el debut.
Pasaron casi dos meses, y los fieles regresaron a su casa para vivir una edición más de nuestro ritual, ese ritual de siempre que nunca va a terminar y que ojalá siempre terminara con la sonrisa en las caras de todos y en la alegría radiante, sobre todo en los más pequeños, los niños, que en gran número estuvieron hoy en las tribunas de nuestra casa. Qué bueno es volver, y mejor, qué bueno es ganar y jugar bien.

