¿Le ha gustado este articulo?
Noticias en tu Email
Encuesta: Futuro
Cada quien tiene su domingo. Reconozco que desde hace más de un año el mío se viene repitiendo, lo cual, de cierta forma, me agrada por la manera como lo proyecto y espero, como el único día auténtico de mi semana. Igual que hoy.
Mi ex novia me dejó hace poco más de un año por un estudiante de historia y creo que ese detalle desató en mí, y en mis domingos de soltería, la idea de rescatar ciertas materias pendientes de la adolescencia: dormir hasta tarde, reventar el equipo de sonido, desayunar cualquier cosa, hacer zapping por los canales deportivos sin volumen, no bañarme sino en la noche y, en especial, atender con dedicación y furor mi pasión por Millonarios.
Así que al mediodía ataco el periódico y busco en la sección deportes algo al respecto. Hoy, por ejemplo, El Tiempo titula: "No hay que dar Pasto" en referencia al partido de esta tarde contra el Deportivo Pasto. "Una inmejorable oportunidad para que Millos alcance el cupo a la gran final", termina la nota. La información es mínima, pero es apenas suficiente para saber que la nómina titular aún se sostiene.
En busca de "algo más" prendo la radio. En veinte minutos de búsqueda no encuentro nada y me doy cuenta de que la idea de seguir a Millonarios se me ha convertido en la única razón de compromiso total para con algo. ¡A ver!, sé que me desempeño como ingeniero de sistemas en la secretaría de transportes del Distrito, sé que lo hago bien y sé que gano para vivir decentemente en esta ciudad. Sin embargo, en mi personal escalafón de pasiones, mi trabajo está dos o tres peldaños por debajo de Millonarios. Ya sé, es triste decirlo, pero así es.
Confieso que a lo largo de los días hago cuentas alegres: "si ganamos aquí, si empatamos allá, si ellos pierden allí, si ellos empatan allá y esas cosas...". Y por las noches, antes de dormir, elevo en globos azules imágenes de goleadas delirantes. Como terapia me hablo por internet con un grupo de fanáticos que se autodenominan Azulejos Unidos y, por aquello de estar cerca de la final, nos hemos dicho cosas que jamás habíamos compartido con nadie. En fin, todo esto del azul se ha convertido en el gran proyecto de mi vida. "La gran causa", digo yo. Y el domingo, obviamente, es el día de la catarsis.
Alcanzo a bajarme dos cervezas con aquella filigrana de colesterol hecha picada: morcilla, costilla de cerdo, longaniza y papa criolla.
Es la 1:00 p.m. y veo que en la t.v. termina el partido entre el Chelsea y el Bolton (2-1). "¡Hoy ganamos los azules!", me auto susurro. Busco en el cajón de las camisetas azules la que lució Andrés Chitiva y me la pongo. Ahora debo decidir en dónde almorzar.
No sin vergüenza confieso que en las últimas siete fechas del campeonato he comido los platos típicos de las regiones de los equipos que enfrentan a Millos. Sancocho valluno en Fulanitos cuando fuimos a guerrear contra el Cali, pargo rojo cuando vino el Unión Magdalena, lechona a domicilio cuando nos visitó el Tolima. Y así.
Hoy, el encuentro es contra el Pasto y no tengo ni la menor idea de dónde venden cuy, un roedor gigante que se comen en el sur del país y que es, obviamente, la mascota de ese equipo. Decido, mejor, ir a comer fritanga que, en estos términos "gastronómico-futbolísticos", significa "¡vamos Millos!".
Salgo de mi apartamento en la calle 67 con carrera séptima y me voy al piqueteadero El Familiar, en la 64 con novena. La escena me asusta. De las seis mesas que tiene el local, hay sólo dos ocupadas; una en la que una familia celebra la primera comunión de un niño quien, sudando por cuenta de suéter de cuello tortuga, aún sostiene un cirio gigante; y, la otra, con dos hinchas de Millos amanecidos, borrachos y uniformados de azul quienes, cerveza en mano, insisten en que me tome 13 "polas" por aquello de los 13 campeonatos que tiene el equipo. Pasa un hombre vendiendo aguacates y le compro uno. Alcanzo a bajarme dos cervezas con aquella filigrana de colesterol hecha picada: morcilla, costilla de cerdo, longaniza y papa criolla. Esta vez proceso unas cuentas más osadas que anoto en el mantel de papel de mi mesa: "En la reclasificación podemos hacer 86 puntos, mientras que el Cali, unos 83 y Junior, unos 80..."
Pregunto la hora. Con la misma velocidad con la que escurre la grasa de unas "papas monas", la gruesa dueña del lugar me responde de medio lado: "Ya es hora, don Pipe. Hoy ganamos. Váyase por la sombra". Apuro lo que queda de cerveza. Es la 1:52 p.m. Pago, me subo al carro y enciendo la radio, en la que habla el técnico azul: "Si no vamos a pelear cosas grandes, entonces para qué jugar este partido". Grito en mi silencio.
La ruta es invariable: bajo por la calle 64, atravieso la pepa de Chapinero que como todos los domingos está lleno de familias que devoran helados. Doblo a la izquierda en la carrera 18, paso la calle 63 y entro al barrio San Luis, donde se ven bajar, envueltos en banderas, algunos hinchas animados. Por cuenta del contraste de colores y del exceso de ladrillo en ese barrio, pienso que el tono de Bogotá es rojizo y no gris, como si la ciudad viviera en un otoño eterno. Bajo hasta la carrera 22 y volteo a la derecha para entrar al barrio El Campín. Llego al parqueadero norte del estadio y lo de siempre, la misma putada de siempre, un trancón provocado por cinco cretinos que decidieron saltarse la cola y hacer tres filas a la brava. Todos pitan. Yo pito para que por ahí se vaya el nervio. Ya son las 2:35 p.m.
Pienso que el tono de Bogotá es rojizo y no gris, como si la ciudad viviera en un otoño eterno.
Salgo finalmente de mi auto y del parqueadero. Paso por el lado de dos largas filas que buscan boletas en la torre norte del estadio. Me alegro de ser radical con este tema y comprar mi boleta los sábados. La gran mayoría de los hinchas que se apretujan allí son adolescentes rabiosos que cantan al unísono con los otros que ya están adentro. Huele a marihuana y me dan ganas terribles de fumar. Hay un agite innecesario y pienso: "¿y por qué carajo sólo funcionan cuatro taquillas de las más de 20 que hay en todo el estadio?". La masa brinca, canta y putea al mismo tiempo que los caballos de la policía se contonean. ¡Y con ustedes, el inicio de la violencia!
Sigo hacia la tribuna occidental. Debo atravesar la fila gigantesca que dice cortesías. "¿Quién regala tantas boletas?". Hago una cola breve de diez minutos y finalmente logro entrar a occidental. El único ascensor que tiene el estadio, y que lo hicieron para movilizar los culos corruptos de los dirigentes de la Confederación Suramericanala Copa América 2001, hoy funciona únicamente para los V.I.P. (lindo concepto). Por supuesto yo no soy V.I.P. ni los viejitos, ni los niños, ni las señoras. Sólo ellos. en
Piso las gradas de la tribuna y ubico arriba a los "viejos sinvergüenzas", tres cachacos clásicos, apasionados y muy groseros –cuando debe ser– que nunca fallan en la cancha. "¿Qué hubo, Pipe...?", "¿hoy será que tampoco, mijo...?", "¿y como a qué le huele el Pasto?". Me tiran ese tipo de dardos.
Una vez sentado, analizo la ciudad. Según el tono de los cerros orientales que veo al frente sabré la verdad. Si sus colores van del verde botella al naranja oscuro, la cosa huele mal. Pero si de entrada, a las 3:00 p.m., como hoy, los ocres oxidados se funden con los grises borrosos, la cosa puede funcionar.
En esas sale el equipo, mi equipo, y un diminuto porcentaje de la gente de la ciudad, los que estamos allí –que es la representación de otro tipo de bogotano–, gritamos como primates antropoides. Caen las serpentinas de la popular. Tiembla. La cosa pinta bien y hay ambiente. Sale el Pasto. Me asusto pero no quiero pensar mal. Comienza el partido y, lentamente, sin avisar, todo se va convirtiendo en una procesión de angustia, antiestética y dolor. Nada pasa y así se va el primer tiempo.
Cuando llega el descanso pido un café. Charlo con los "viejos sinvergüenzas" las dos o tres pendejadas destacables de los primeros 45 minutos y vuelvo a mi silla disimulando que estoy concentrado en alguna transmisión de la radio. Por alguna extraña razón me doy cuenta de que me siento diferente a los demás. Un pensamiento idiota si se tiene en cuenta que aquí estamos 20 mil tipos sintiendo que todos somos los "diferentes" de nuestros trabajos, casas y entorno. Tarareo Hola soledad y me sonrío.
Vuelve el partido que, tal y como se esperaba, termina siendo una mierda histórica. Sólo a los 32 minutos del segundo tiempo, cuando todo es rencor en la tribuna, Millonarios anota con un gol de barriga. Sin siquiera medirlo, me aplico un abrazo redondo con el primero que lo ofrece, de lo cual, como siempre, queda un gran sentimiento de hermandad y una definitiva fisura en el marco de mis anteojos.
El partido termina con una angustia innecesaria. Creo que fue Albert Camus quien dijo que "El único lugar donde el hombre es completamente feliz es en un estadio de fútbol". Y sí, he sido muy feliz en El Campín y muchas veces, desde niño. Pero cada vez menos; será por eso, creo, que mi felicidad es hoy muy poca. Concluyo, entonces, que a los 34 años, el ingeniero de nombre Luis Felipe Gamba, a quien tristemente le dicen Pipe, es un tipo infeliz.
Despacio muy despacio vuelvo por mi carro al parqueadero y, derecho, vuelvo a Chapinero. Lentamente bajo por la calle 63 y cuando cruzo la carrera 13 me detengo a mirar la iglesia de Lourdes y su festín dominical donde nunca falta un mimo que imita a los transeúntes, una pareja borracha que a cuatro manos sostiene una media botella de brandy y dos rateritos que "chalequean" a los cristianos que ven al mimo. Sigo, y en la carrera octava me detengo para despachar un postre de Natas de La Romería. Desde ahí, repaso el gris borroso de los cerros que ya tira a negro. Entonces me repito, "¡Ganamos, qué hijueputa!". Hago tiempo, pido agua y veo dos señoras llevar en varias cajas postres tipo Tres Leches, Matrimonios, Borrachos y Esponjados de Curuba y Maracuyá. Vuelvo a mi auto y voy a casa a ver en la t.v. los goles de la fecha que pasan en el noticiero de las 7:00 p.m.
A eso de las ocho, una vez vistos los resúmenes del fútbol criollo y mundial, salgo a pie a las Hamburguesas del Corral de la carrera novena con calle 70. En las calles asustan y en el recorrido por entre sobrias casas inglesas sólo hay una señora estática con su labrador estático. Me como una hamburguesa con queso, tocineta y guacamole. Salgo despacio por la carrera novena y bajo por la 72 hacia los cines del centro comercial Granahorrar.
Entro a la sala Avenida Chile II que, como siempre, está muy por debajo de su capacidad. La película se llama Himalaya y cuando inicia trato de componer mis gafas a punto de quebrarse. Algo me dice que esta historia me va a hacer llorar como a una embarazada. Entonces me invade un pensamiento sobrecogedor, de esos que traen todas las características identificables del círculo "quitasueño", de los que angustian sin razón y desvelan mientras el lunes se acerca sin remedio, de los de clásico estilo dominical: "Millos sí tiene con qué y yo ya no tengo más gotas de valeriana para dormir. ¡Joder!"
* Este artículo fue originalmente publicado para la revista Cambio
Agregar comentario
Comentarios (2 publicado)
-
Publicado en Javier Sandoval, 24 Octubre, 2007 18:22:36Mauricio, viejo, póngase en contacto. Me gustaría que viniera a Bucaramanga a hablarles a los estudiantes de periodismo de la UNAB, donde estoy trabajando.
-
Publicado en Javier Sandoval, 24 Octubre, 2007 17:55:00Mauricio, viejo, pongase en contacto. Me gustaría que viniera a Bucaramanga a hablarles a los estudiantes de periodismo de la UNAB, donde estoy trabajando.








