Héctor Walter Búrguez

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Héctor Búrguez

Héctor Walter Búrguez

Apodo: El Yorugua
Fecha de nacimiento: Octubre 18 de 1967
Lugar de origen: Montevideo, Uruguay
En Millonarios: 1997-1999, 2002-2005
Campeón: No
Posición: Arquero

¿Por qué es una leyenda? No fue considerado nunca el mejor del mundo, como Julio Cozzi. No ha ganado títulos, como Centurión, Mosquera o Cousillas. No da el espectáculo que si pudieron otorgar Vivalda y Carrizo, ni tampoco ha destacado en mundiales como Sergio Goycochea. Pero Héctor Búrguez, un atajador nato, llegó a Millos para volverse infranqueable debajo de los tres palos, y ha sido el único gran referente en los tiempos más difíciles del Club, no solo por su entrega y capacidad dentro de la cancha, sino por ser un grande a todo nivel, por su hidalguía y empatía con la hinchada, pero aún más que nada, por su genuino amor a Millonarios.

Fue a mediados de 1997, en un tradicional clásico capitalino, cuando el hasta entonces desconocido guardameta uruguayo empezó a escribir su historia en Millonarios. Varias atajadas, tan inolvidables como inconcebibles, le permitieron al cuadro embajador llevarse ese día una apretada victoria por dos goles a uno frente al rival de patio, pero, más que por acrecentar la enorme brecha estadística de la historia de los clásicos, aquel partido quedó en la memoria de los aficionados por la genialidad con que El Yorugua hizo recordar épocas más prolijas, llenas de figuras y títulos.

Mientras la hinchada empezaba a corear su nombre, Búrguez se encargó de ratificar en la cancha por qué, humildemente, había sido llamado a engrosar la gloriosa lista de ídolos embajadores, en la que también figuraban algunos de los mejores jugadores de todas las épocas en el fútbol colombiano y mundial.

Para 1998, y con la implantación obligatoria de la definición por penales en todos los partidos del rentado colombiano, Búrguez siguió ganándose el cariño de la exigente fanaticada albiazul: inmenso bajo los tres palos, y atajador nato de los tiros desde los doce pasos, muchos puntos y alegrías corrieron sólo por su propia cuenta, todo ello, en los tiempos más aciagos de la institución.

Nunca ha podido celebrar un título con Millonarios. En cambio, sí se le vio tapar con una mano rota sin importar el dolor, le resultaba imposible no llorar en cada derrota significativa, y aceptar con su habitual grandeza humana las veces que se equivocó. Búrguez no fue sólo talento, sino corazón; si algún jugador ha amado los azules colores de la camiseta embajadora en los últimos años, no puede sino decirse que fue y ha sido él.

Hoy, siendo un hincha azul más, la carrera de Búrguez está próxima a terminar. Aún así, no son pocas las tardes que en El Campín hace gala de las condiciones por las cuales nunca será olvidado, y la gratitud de una hinchada que –consciente del vacío que quedará en el arco tras su partida–, llegado el día, extenderá las banderas que llevan su rostro y su nombre, para volverle a decir, como fue siempre costumbre: Uruguayo, sos un dios.



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